diciembre 04, 2018

Columna de Maite López -Fundadora de Kullaka- en el marco del Diplomado de Estudios de Género y Políticas Públicas de la Universidad de Chile.

Imagen: Publimetro.

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Mayo del 2018 fue un hito importante para el contexto chileno, “Mayo Feminista” le llaman, y cómo no, si muchas mujeres desde distintas veredas salieron nuevamente a la calle a manifestarse y expresar fuerte y claramente que no, que aún estamos atravesadas por injusticias que nos sitúan en una posición jerárquica inferior, que nuestros derechos fundamentales -como el decidir sobre nuestro propio cuerpo- aún no los podemos ejercer con libertad y, que los principios de igualdad y respeto que las sociedades modernas prometieron, finalmente no se han cumplido. Frente a esto, las luchas se apoderan de lo público y las diversas manifestaciones instalan la urgencia de erradicar el sexismo. Se visibilizan actos de discriminación, acoso y violencia que viven muchas estudiantes, sumado al nulo protocolo que existe por parte de las instituciones para hacer frente a tales problemáticas. Así, las mujeres se apropian de sus casas de estudio y de la alameda, para debatir, cuestionar y exigir un cambio social.

Al ser un debate que trasciende al terreno de lo público -el cual tuvo mucha trasmisión mediática- es impactante conocer las contra respuestas que emanaron desde los distintos sectores, incluyendo actores estatales. Tal fue el “emblemático” comentario del Ex Ministro de Educación, Gerardo Varela, que tildó de pequeñas humillaciones las denuncias de abuso por parte de las estudiantes, jerarquizándolas y poniéndolas en el territorio de lo irrelevante. Si un ex ministro comenta tal desvarío con liviandad, podemos imaginarnos el tipo de opiniones que emanaban en las redes: “Feminazis, si no quieren tener hijos cierren las piernas” “Yo las esterilizaría a todas para que dejen de reclamar” “Se visten como putas y después reclaman” y así un sin fin de comentarios que dan cuenta de los pilares ideológicos que sostienen a Chile.

Ahora bien ¿Por qué luchamos las mujeres? ¿Por qué cuando exigimos igualdad aparecen los argumentos biológicos validando la diferencia? ¿Por qué cuándo gritamos “ni una menos” emana un nuevo lema que proclama: “nadie menos”? ¿Por qué cuando el movimiento LGBTI exige reconocimiento aparece como prioridad las personas sordo-mudas?... porque temen perder sus privilegios y salir del rango de comodidad.

No se trata de negar las otras luchas, se trata simplemente de entender que la lucha por la igualdad de género está hoy vigente, dado que la presunta igualdad no existe. Y cuando se habla de igualdad, no se apela a que hombres, mujeres niñ@s, queer o transgénero sean iguales, sino más bien se trata de un principio, de que tod@s podamos ejercer nuestra autonomía y libertad, que nos desmarquemos de actos discriminatorios y que admitamos y aceptemos nuestras diferencias. Que la diversidad, no se traduzca en posiciones jerárquicas de mejores y peores, buenos o malos, raros o normales, sino, superar el binarismo y comprender que en nuestras distintas formas, tod@s somos igualmente humanos (CIEG, 2018). Desde aquí, haciendo un análisis del contexto país, vemos que aún quedan muchas luchas en pos de una sociedad más justa e igualitaria, ya que permea fuertemente un imaginario social tradicional, que aspira a un modelo masculino, blanco, occidental, exitoso y ligado al progreso económico. Desde este marco, son muchos los grupos que quedan excluidos, y dentro de éstos mismos, existen subcategorías de valoración. Es decir, en Chile no es lo  mismo ser hombre o mujer, pero tampoco es lo mismo ser mujer blanca, a ser mujer Afrodescendiente o Mapuche, no es lo mismo si eres de clase baja, media o alta, o si provienes de un país Latino, Caribeño o Europeo. Y tales diferencias se traducen en inequidades en el acceso a oportunidades, tratos diferenciados, estigma social y barreras en las distintas esferas de lo social.

En definitiva no podemos situar a Chile como un país que valora la diversidad y donde se hagan valer los derechos de tod@s quienes lo componemos. Es más, se intentan reducir las diferencias y configurar un territorio homogéneo. Cualquier desvío es cuestionado, y por ello, es más fácil pensar que quienes componen la nueva ola feminista lo hacen “por moda”, sin argumentos sólidos, ya que actualmente las mujeres pueden votar, tienen representación política, estudios y trabajo. O sea, para algunos, lo hemos logrado todo. Y si hay cosas que no hemos logrado, no tiene relación con una estructuración social, sino más bien con un mérito propio, basado en la lógica de “El que quiere puede”, como si efectivamente tod@s tuviésemos las mismas oportunidades y dependiera netamente de una cualidad personal. Y claro, si miramos las cifras, vemos que hay muchas más mujeres con trabajo y estudios, y que incluso tuvimos una Presidenta mujer; la pregunta es ¿acaso es suficiente? ¿hemos logrado la igualdad?. Es muy conveniente situarse desde el discurso afirmativo en donde hemos superado la sociedad patriarcal, sin embargo, no basta con la igualdad de oportunidades –la que aún no corre para tod@s- sino también aquella que nos asegura una igualdad en el relacionamiento y trato con l@s otr@s, es decir, que en los espacios en donde nos desenvolvamos nos sintamos cómod@s y respetad@s. Y bueno… muchas sabemos que eso realmente no es así.

En el caso de las estudiantes, éstas nos manifiestan que tal igualdad no existe en las instituciones educativas, en donde muchas se sienten acosadas y menoscabadas no tan sólo por compañeros sino también por quienes componen el estamento estudiantil: profesores y directivos. Este es tan sólo un ejemplo que refleja la desigualdad en el trato, aspecto que es visible también en los espacios laborales, en los abusos de poder de los altos mandos, las mayores posibilidades de los hombres de ascender, la desconfianza de andar sola de noche en las calles, entre tantos otros ejemplos. Es decir, vivimos en una sociedad que crea y reproduces desigualdades entre las personas, y que tales diferencias operan como trabas para que los sujetos puedan desplegarse con igualdad de derechos. Así, cabe preguntarse qué estrategias se deben implementar para derribar tales obstáculos en miras de que tod@s podamos contar con un piso mínimo que nos asegure una vida digna. Y el punto de partida debiese ser la aceptación de tales desigualdades, reconocer que en Chile las jerarquizaciones existen, que nos configuramos desde prácticas discriminatorias, misóginas, xenofóbicas y racistas. Si seguimos pensando que las mujeres están en igualdad de condiciones, que la población LGBTI+ es anormal y debe corregirse; y que los migrantes tienen más beneficios que los chilenos, sólo estamos potenciando discursos que nos estancan como sociedad y no nos permiten avanzar hacia prácticas con mayor equidad.

Desde tal reconocimiento, desde comprender que nos movemos desde un imaginario basado en la jerarquización de los sexos y enmarcado en relaciones de poder, recién ahí podemos pensar en una institucionalización con perspectiva de género, es decir, que las políticas que se ejecutan y programan desde el Estado, impliquen un cambio paradigmático en la forma de pensar, proceder, ejecutar y medir sus acciones. Y que tales acciones, estén dirigidas a corregir las desigualdades que históricamente nos han sostenido, las cuales han mantenido al margen a un altísimo porcentaje de la población. Para ello, para lograr una transversalización del género, se debe analizar cómo las políticas impactan de manera diferenciada a hombres y mujeres en sus diversas formas, y qué mecanismos deben operar para corregir tales desigualdades (CIEG,2018). Si bien Chile avanzó hasta obtener un Ministerio de la Mujer y la Equidad de género, es menester que éste opere de manera articulada y que no sólo sea tal Ministerio el que se haga cargo de instalar una perspectiva de género, sino que todos los actores que componen el Estado y la población estén comprometidos con ello.

Como bien sabemos, en nuestro país y en América Latina en general, es complejo hablar de una Institucionalización del género,  ya que permean un sin fin de limitantes, y para el caso de las mujeres, éstas aún no logran tener una alta representatividad en la toma de decisiones y en la construcción de nuevas políticas y programas que las afectan, siendo fundamental su participación en este ámbito para lograr la transversalización. Sin embargo, al situarnos desde un escenario donde el Estado no procura respaldar los derechos humanos, son los movimientos sociales junto a diversas orgánicas los que se articulan haciendo un llamado a la acción. Feministas presionaron por una aprobación del aborto en 3 causales y el movimiento LGBTI+ logró exigir una ley de Identidad de Género, y así… donde aún nos sigue quedando un arduo camino.

Es menester levantar otras luchas y visibilizar/escuchar a muchos sectores de la población que permanecen en el borde. Estamos frente a una atmósfera desesperanzadora, al ver que la sociedad que hemos construido sólo nos reprime y vulnera, basándose en argumentos vetustos. Siguiendo a Foucault (1999), no existen verdades objetivas, sino más bien, históricamente se han instalado discursos que operan como verdades, ejerciendo poder sobre los sujetos y constituyéndolos. En este caso, tales discursos nos oprimen, construyendo y reproduciendo desigualdades que se legitiman y validan. Pero si seguimos organizándonos y buscando nuevas formas de concebirnos y concebir a l@s otr@s, podremos crear espacios de fuga que nos permitan construir nuevos relacionamientos desde la diferencia. Es complejo pensar en un cambio paradigmático a nivel estatal, así como desarticular todos los dispositivos que por décadas han operado y regulado nuestras formas de pensar, pero sí podemos transitar en las fisuras, y desde ahí, crear manadas que se movilicen en pos de un mundo en el que sí queramos habitar.

 

Disponible en: http://www.ciegchile.com/?p=3323


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